Cada 18 de mayo, miles de instituciones en todo el mundo conmemoramos el Día Internacional de los Museos, una jornada convocada por el Consejo Internacional de Museos -del cual el Parque por la Paz Villa Grimaldi forma parte- que este año adquiere una significación particular: ICOM cumple ocho décadas de existencia, ocho décadas dedicadas a fortalecer el papel social de los museos en un mundo en permanente transformación.
La consigna escogida para esta versión, «Museos uniendo un mundo dividido», interpela con especial fuerza a quienes trabajamos en sitios de conciencia: nos invita a reafirmar el papel del museo como espacio activo y comprometido, capaz de cohesionar comunidades, articular memorias y sostener el diálogo democrático en sociedades atravesadas por profundas divisiones culturales, sociales y políticas.
El Parque por la Paz Villa Grimaldi nació, precisamente, de un acto colectivo de cohesión frente a la fractura. Donde antes funcionó el principal centro de secuestro, tortura y exterminio de la DINA, hoy se levanta un museo de sitio que existe gracias a la persistencia de sobrevivientes, familiares, vecinos y organizaciones de derechos humanos que, en los años más duros de la transición, se opusieron a que la borradura material y simbólica del lugar consumara una segunda forma de impunidad. Esa recuperación ciudadana, pionera en América Latina, inauguró un modo de hacer memoria que entiende el patrimonio no solo desde su acepción más tradicional, sino que permite una activación ética del pasado en el presente. Ser museo de sitio y sitio de conciencia significa, para nosotros, asumir que el espacio mismo enseña, que sus muros, sus árboles y sus testimonios son agentes pedagógicos capaces de movilizar conciencia.

Esta vocación educativa se vuelve aún más urgente cuando reconocemos quiénes cruzan hoy nuestras puertas. La mayoría de quienes nos visitan son jóvenes y niñas que no vivieron la dictadura cívico-militar y que, en muchos casos, conocen ese pasado reciente de manera fragmentaria, mediada por relatos familiares, redes sociales o vacíos curriculares. El desafío del recambio generacional no consiste en transmitir una memoria estática, sino en construir un puente intergeneracional vivo: ofrecer las herramientas para que las nuevas generaciones reconozcan las causas y consecuencias de la violencia estatal, comprendan la fragilidad de las garantías democráticas y desarrollen lo que hemos llamado empatía crítica, esa capacidad de pasar del reconocimiento del hecho a la acción. Si la juventud que nos visita logra leer el presente con las lecciones del pasado, entonces los sitios como el Parque por la Paz Villa Grimaldi cumplen su función más profunda de aportar a la convivencia democrática del país.

Los sitios de conciencia son necesarios precisamente porque el entramado urbano tiende, por sí solo, a borrar las huellas del conflicto; la ciudad se reorganiza, los barrios cambian, las nuevas edificaciones cubren las marcas del horror y con ello se nos ofrece la falsa promesa de que es posible avanzar sin hacernos cargo de lo ocurrido. Los sitios de conciencia interrumpen esa amnesia espacial, anclan la memoria al territorio, obligan a la ciudad a mirarse en su propia historia y nos recuerdan que la democracia que habitamos no es un punto de partida sino una conquista frágil sostenida por la sociedad civil. Y en un Chile -que aún transita debates abiertos sobre justicia, reparación y verdad- sostener estos espacios es un acto político y cultural, significa reconocer que las heridas no se cierran ignorándolas, sino dándoles lenguaje, contexto y proyección pública.
En este 18 de mayo, asumir el lema del DIM 2026 desde el Parque por la Paz Villa Grimaldi implica reafirmar nuestro compromiso de seguir siendo un lugar donde la memoria cohesiona: donde se reconocen las fracturas para transformarlas en diálogo, se honra a las víctimas y se construye con las comunidades una cultura de derechos humanos.
Celebrar ochenta años de ICOM, junto a miles de museos del mundo, es también celebrar la convicción compartida de que las instituciones culturales tienen un papel insustituible en la construcción de sociedades más justas, inclusivas y democráticas. Hacer posible que estos espacios permanezcan abiertos, vivos y al servicio de la ciudadanía es una responsabilidad colectiva y requiere que el Estado asuma plenamente su deber democrático con la cultura y la memoria, garantizando marcos institucionales adecuados y un financiamiento sostenido en el tiempo. Solo de esta forma la memoria podrá ser efectivamente reconocida como un bien público que tenemos el derecho y el deber de resguardar.
Invitamos a recorrer este parque, a escuchar lo que aquí ocurrió y a sumarse a la tarea, siempre inconclusa, de hacernos cargo de nuestra historia para imaginar, juntas y juntos, un futuro digno del Nunca Más.